Múltiples
evidencias epidemiológicas sugieren que existe una asociación
entre la dieta y sus componentes (grasa animal, fibra vegetal, vitaminas,
micronutrientes) y el desarrollo, o incluso prevención, del cáncer
en el ser humano, especialmente en tumores del tracto gastrointestinal,
mama y próstata. Sin embargo, la relación causal sigue estando
muy debatida, y los alimentos o nutrientes implicados son motivo constante
de discusión y polémica.
Nuestro
desconocimiento se debe en buena parte a los problemas metodológicos
que existen para poder medir con precisión este complejo problema
de exposición que es la dieta, al igual que sucede en otros campos
de la medicina, como en la patología cardiovascular. Por otra parte,
es conocida la interrelación de la dieta con otros factores etiopatogénicos
del cáncer como son los genéticos, ambientales o víricos.
Por último, existen dificultades para desvelar los mecanismos íntimos
por los cuales determinados componentes de la dieta, actuando de forma
aislada o en conjunción con otros, pueden tener un papel causal
o protector del cáncer.
En un
estudio epidemiológico de prevalencia sobre factores de riesgo que
estamos realizando en la ciudad de Teruel, hemos podido comprobar, tras
analizar 156 encuestas, que el consumo de grasa de origen animal es la
base de la alimentación diaria, realizandose durante 5 días
por semana, con predilección sobre la carne de cerdo, pollo y cordero
y de forma homogénea en todos los grupos de edad y ambos sexos.
Se consumen de 2-4 huevos por semana, el 58-75% toman productos lácteos
con grasa y solo se toma pescado 2-3 veces por semana. Por el contrario,
el consumo de frutas, verduras y hortalizas es muy frecuente (5-6 veces
por semana). Todo ello hace pensar que en nuestra ciudad el consumo global
de calorías es muy elevado y se hace a expensas de la grasa animal.
En contraposición, también lo es el consumo de fibra vegetal
y vitaminas, no así el de los ácidos grasos provenientes
del pescado.
En la
presente revisión nos limitaremos a exponer, de forma resumida,
los conocimientos que existen sobre la relación entre la dieta y
los dos principales tumores del aparato gastro-intestinal : el cáncer
gástrico y el colorrectal.
DIETA Y CÁNCER GÁSTRICO.
Existen
notables diferencias tanto en la incidencia como en la prevalencia o la
mortalidad del cáncer gástrico entre los diferentes países
del mundo o incluso entre regiones o comunidades de un mismo país.
No se sabe con certeza si este fenómeno es consecuencia de que los
programas de detección no se aplica con la misma intensidad o a
la presencia de otros factores involucrados en el desarrollo del cáncer
gástrico, incluido los cambios ambientales y dietéticos.
La influencia
de la migración poblacional sobre la incidencia del cáncer
gástrico, sugiere que un factor responsable sería la exposición
a un agente (o agentes) etiológico en edades muy tempranas de la
vida. Dado que el estomago es el primer lugar de contacto con los alimentos,
se han involucrado sustancias presentes en los mismos, pero su identificación
resulta muy difícil o imposible. No obstante, diversas investigaciones
sobre los hábitos dietéticos y otras en el terreno experimental
permiten establecer algunas conclusiones generales.
En apariencia
existe una asociación creciente entre el cáncer gástrico
y el almidón, las carnes rojas saladas y los alimentos
ahumados o en salazón. Por el contrario, existiría
una relación inversa con el contenido protéico de
la dieta, las grasas de origen animal, la ingesta de leche entera,
vegetales frescos, frutas (en especial cítricos) y la
refrigeración de los alimentos.
Uno de
los hallazgos más constantes, desde el punto de vista epidemiológico,
es la relación directa existente entre el consumo diario de sal
y la incidencia y mortalidad por cáncer gástrico. La reciente
disminución de la tasa de mortalidad por cáncer gástrico
coincidiendo con una disminución de la mortalidad por accidente
cerebrovascular en relación con el menor consumo de sal, parecen
confirmar estos hallazgos.
Otras
sustancias implicadas son los nitritos
y los nitratos, componentes habituales de nuestra dieta,
en especial en vegetales, carnes curadas y agua potable. Los nitritos se
convierten en nitratos, los que a su vez pueden ser nitrosilados (tras
combinación con aminas y amidas) para formar nitrosaminas
y nitrosamidas, las cuales son cancerígenas
en modelos experimentales.
Los estudios
que se han dedicado a estimar la exposición a los nitratos mediante
su determinación en el medio (agua potable, suelo), en saliva u
orina y su posterior correlación con la incidencia y mortalidad
del cáncer gástrico, han arrojado resultados muy variables
e incluso contradictorios, según regiones o países.
En aquellos
pacientes con patologías gástricas que condicionan hipoclorhidria
o aclorhidria se ha documentado un crecimiento desproporcionado de bacterias
formadoras de nitritos. Por el contrario, tanto la refrigeración
de los alimentos como la vitamina C inhiben la nitrosilación y la
conversión de nitritos a nitratos. Además, cada día
parece ser menores el número de alimentos enlatados que utilizan
los nitritos como elemento de conservación.
Parece
probable que determinados hábitos culinarios permitan la aparición
de compuestos cancerígenos que no están presentes habitualmente
en los alimentos no cocinados. Es el caso de las aminas
heterocíclicas que se crean cuando se cocinan carnes
(en especial los músculos) de vaca, cerdo o ave a elevadas temperaturas
(200-250º C) por métodos como la plancha, fritos o barbacoas.
Sin embargo, el uso del horno, la cocción por olla o los microondas
(su uso durante 2 minutos antes de cocinar el alimento reduce en un 90%
la cantidad de aminas), los guisos, los hervidos y escalfados generan temperaturas
por las cuales las cantidades de aminas heterocíclicas son mínimas
o ninguna. Diferentes estudios realizados en U.S.A., Japón o Europa,
demuestran que la incidencia de cáncer gástrico es tres veces
superior entre las personas que consumen dichas carnes muy cocinadas. Otros
tipos de proteinas de origen animal (huevos, leche o vísceras) no
contienen dichas aminas (o en muy pequeña cantidad), cuando son
cocinadas a altas temperaturas.
No se
ha documentado una asociación epidemiológica entre el cáncer
gástrico y el tabaco, la cafeína o el consumo de alcohol,
ni tampoco está clara su relación con la fibra vegetal.
DIETA Y CÁNCER COLORRECTAL
Al igual
que sucede con el cáncer gástrico, en el cáncer colorrectal
(CCR) se han detectado diferencias interregionales que incluyen a grupos
de población geográficamente cercanos pero con diferentes
estilos de vida, lo que sugiere que el medio ambiente desempeña
un importante papel en el desarrollo de esta enfermedad. Los estudios de
poblaciones que migran y los rápidos cambios en la incidencia y
mortalidad de países que asimilan prácticas occidentales,
avalan este concepto. Existen firmes evidencias a favor de un vinculo entre
la dieta y el CCR.
Pero no
solo la dieta explica estas diferencias interregionales. Además,
existe una susceptibilidad genética (mutaciones en el oncogén
k-ras, aumento en la expresión del RNA mensajero del gen
myc, perdidas de material en genes localizados en los cromosomas
5, 17 y 18) por la cual determinados factores exógenos (entre ellos
la dieta) favorecerían el desarrollo de la enfermedad.
En estudios
realizados tanto en humanos como en modelos experimentales se han intentado
delimitar los efectos de diversas grasas y proteinas, hidratos de carbono,
componentes de la fibra y micronutrientes sobre la génesis del CCR
(Tabla 1).
Tabla 1. Factores ambientales con influencia
potencial sobre la carcinogénesis del colón y del recto.
Probablemente relacionados
Elevado consumo de grasas
Bajo consumo de fibra vegetal
Posiblemente relacionados
Consumo de cerveza
Dieta pobre en selenio
Carcinógenos y mutágenos ambientales
Fecapentanos (de bacterias colónicas)
Aminas heterocíclicas (de alimentos asados al carbón
o demasiado fritos)
Probablemente protector
Alto consumo de fibra vegetal
Posiblemente protector
Vegetales de color blanco-amarillo
Calcio
Alimentos ricos en caroteno (Vitamina A), Vitaminas C
y E
Aspirina
Carcinógenos
y Mutágenos fecales. Desde
hace casi 20 años se conoce que las heces de ciertos individuos
sanos contienen productos con actividad mutagénica para las bacterias
(Bruce WR, Cancer 1977). Las bacterias anaeróbicas del colón,
en especial del género Bacteroides, sintetizan un grupo específico
de compuestos reactivos altamente insaturados, los
fecapentanos, capaces de desempeñar un papel in vivo
en la carcinogénesis del colón. De todos ellos, el más
importante por su cantidad y actividad mutagénica es el eicosapentinilglicerol
(fecapentano-12). El sustrato del cual derivan estos fecapentanos no se
conoce con exactitud.
En el
año 1969 surgieron las primeras hipótesis que relacionaban
el colesterol de la dieta con el CCR (Bischoff F, 1969). Posteriormente
se pudo comprobar que eran determinados productos de la oxidación
del colesterol los que tenían dicho efecto : los 3-cetosteroides,
los cuales también podría derivar de la degradación
de los ácidos biliares. La intensa búsqueda de estos productos
en las heces ha dado resultados negativos, por lo que es dificil implicarlos
como agentes directamente relacionados con el CCR, al menos en el hombre.
Al igual
que en el cáncer gástrico, las aminas
heterocíclicas juegan un importante papel en la génesis
del CCR (en especial en el cáncer de recto). Generalmente se consideran
como promutágenos que necesitan ser activados por las enzimas de
la mucosa intestinal o por enzimas bacterianas, para transformarse en verdaderos
mutágenos.
Hay múltiples
evidencias que implican a los ácidos biliares
en la aparición del CCR : 1) estudios de población donde
se demuestra una mayor concentración de ácidos biliares fecales
en la población de riesgo, 2) determinados alimentos (por ej. grasas)
que incrementan la concentración de ácidos biliares fecales
se correlacionan con la aparición del CCR, y al contrario (por ej.
la fibra); 3) intervenciones quirúrgicas que incrementan los ácidos
biliares fecales (gastrectomía parcial, colecistectomía),
incrementan el riesgo de CCR; 4) en pacientes con CCR, los ácidos
deoxicólico y litocólico tienen incrementada su capacidad
mutagénica (producen displasia de la mucosa) y el número
de receptores detectados en la mucosa del colón; 5) en el terreno
experimental, estos ácidos biliares actuan, además, como
comutágenos con las bacterias colónicas facilitando su actividad
cancerígena.
Grasas.
Evidencias de muy diverso tipo (estudios de caso-control y cohortes) sugieren
una relación directa entre el contenido total de grasa en la dieta
y la incidencia y mortalidad del CCR, en especial de colón descendente
y sigma. En promedio, las grasas (saturadas o no) constituyen el 40-45%
de la ingesta calórica total en los países occidentales con
altas incidencias de CCR, mientras que en las poblaciones de bajo riesgo
solo constituyen el 10-15%. En un estudio prospectivo se evaluó
la ingesta de carnes, grasas y fibra en 88.751 mujeres de 34 a 59 años
de edad (N Engl J Med, 1990; 323 : 1664-72). En dicho estudio, la
ingesta de grasa animal (tanto la procedente de carne roja como blanca)
se correlacionó con el riesgo de CCR, así como el consumo
total de grasa. Por el contrario, las evidencias epidemiológicas
no son tan consistentes, posiblemente por problemas metodológicos
a la hora de realizar las encuestas sobre la composición en fibra
de la dieta que podría frenar el efecto negativo de la grasa. Tampoco
está perfectamente claro si los distintos tipos de grasa pueden
tener diferentes efectos. La inducción experimental del cáncer
de colón en ratas con sustancias pro-cancerígenas (1,2-dimetil-hidrazina
o con azoximetano) no tiene los mismos efectos según el tipo de
la grasa con que son alimentadas. Así, las dietas ricas en ácidos
grasos saturados de origen animal o poliinsaturados de origen vegetal (linoleico,
omega-6) tendrían un efecto inductor y promotor del crecimiento
del CCR, mientras que los ácidos grasos monoinsaturados (ácido
oleico) o los poliinsaturados del pescado (linolénico, omega-3),
tendrían un efecto protector.
Los mecanismos
bioquímicos por los que la grasa es capaz de inducir CCR son múltiples
y no bien conocidos : 1) Incremento de la síntesis hepática
de ácidos biliares (ver más arriba); 2) las dietas ricas
en aceite de maíz y grasa de carne vacuna aumentan los niveles colónicos
de ornitina decarboxilasa, los cuales también inducen proliferación
desordenada del epitelio; 3) activación intracelular de la proteinkinasa
C, la cual interfiere con los proto-oncogenes induciendo una actividad
proliferativa; 4) inducir la liberación de ácido araquinódico
y su conversión en prostaglandinas, que también puede afectar
a la proliferación celular; 5) alterando la fluidez de la membrana
tras su incorporación a la estructura de la misma; 6) induciendo
a la flora del colón a que sintetize determinadas enzimas (7-alfa-deshidroxilasa,
beta-glucuronidasa, nitrorreductasa, azorreductasa) que podrían
convertir los alimentos ingeridos en cancerígenos.
Fibra.
La fibra de la dieta es un material vegetal resistente a la digestión
del tracto gastrointestinal proximal y que está compuesta por una
mezcla heterogénea de hidratos de carbono (celulosa, hemicelulosa,
pectina) y no hidratos de carbono (lignina). Si bien su papel protector
no está totalmente clarificado por la falta de definición
de los componentes de fibra, la gran mayoría de los estudios epidemiológicos
están de acuerdo en que una dieta rica en fibra se asocia con una
menor incidencia del CCR. Sin embargo, estos datos no definen la relación
entre los alimentos que contienen fibra y la importancia de los componentes
vegetales que no son fibra.
No todos
los tipos de fibra tienen el mismo efecto. Así, son las fibras insolubles
(celulosa, lignina y algunas hemicelulosas, por ej. trigo, centeno, arroz,
especialmente el salvado) las que más ayudan a prevenir el estreñimiento
y el CCR, mientras que las solubles (gomas, mucilagos, pectina y algunas
hemicelulosas, por ej. legumbres, avena, cebada y frutas) están
más involucradas en la reducción del colesterol y la glucemia.
El papel
protector postulado de fibras tales como el salvado de cereal, es a través
de un incremento del bolo fecal, para diluir los carcinógenos y
sus promotores, facilitar su eliminación y evitar que entren en
contacto con la mucosa del colón. Pero también se han descrito
otros mecanismos : 1) la celulosa y la hemicelulosa reducen los niveles
de enzimas bacterianas (ver más arriba) que en modelos experimentales
se han mostrado cancerígenas; 2) su unión a los ácidos
biliares secundarios fecales, facilitando su eliminación y la reducción
de su efecto mutágeno; 3) la flora fecal puede fermentar la fibra
convirtiendola en ácidos grasos de cadena corta (butirato) que disminuyen
el pH del colón y la carcinogénesis.
El efecto
protector de la fibra en el desarrollo del CCR adquiere especial transcendencia
en las personas afectadas de patologías pre-neoplásicas del
colón, como es el caso de las poliposis familiares. En ellos, suplementos
dietéticos de 10-20 gr/día de fibra cereal durante 4 años
pueden ayudar a reducir el número y tamaño de los pólipos.
Vitaminas
y Minerales. La Vitamina A
(retinol y sus análogos sintéticos) y la provitamina A (beta-caroteno)
son sustancias ampliamente distribuidas entre las frutas y vegetales, que
se han estudiado, con existo desigual, en la prevención de diferentes
tipos de cáncer (piel, pulmón, cabeza y cuello, vesícula)
y en el tratamiento de enfermedades como la leucoplakia, la leucemia promielocítica
o los síndromes mielodisplásicos. En el ser humano, no parece
existir ninguna relación entre la vitamina A o los carotenos con
la incidencia y mortalidad del CCR. Los datos parecen más convincentes
en el terreno experimental, donde las dietas ricas en retinol parecen reducir
la aparición del cáncer de colón.
La Vitamina
C tiene capacidad de estimular el sistema inmune, efectos antioxidantes
barredores de radicales libres de oxigeno y puede bloquear la conversión
de nitritos en nitrosaminas (ver más arriba). Por todo ello, podría
jugar un papel relevante en la protección frente al cáncer
gastrointestinal, como así lo demuestran los estudios epidemiológicos,
en especial frente al cáncer de recto. Sin embargo, los estudios
de intervención no han sido conluyentes y no hay datos para afirmar
que los suplementos de vitamina C puedan ser capaces de prevenir el ulterior
desarrollo del CCR.
La Vitamina
E también tiene capacidad antioxidante barredora de radicales
libres de oxigeno y de lípidos oxidados (p. ej. LDL). Algunos trabajos
realizados en Finlandia han encontrado un mayor riesgo relativo de CCR
entre las mujeres (no entre los hombres) con menores niveles de vitamina
E en sangre. En el caso de esta vitamina, los estudios de intervención
tampoco han sido concluyentes.
Recientemente,
en un ensayo prospectivo randomizado sobre 864 pacientes diseñado
para valorar el efecto preventivo sobre la aparición de adenomas
y CCR de suplementos vitamínicos (beta-caroteno, vitamina C y E)
durante un seguimiento de 4 años, se pudo comprobar que ninguna
de las vitaminas valoradas ni su asociación era capaz de prevenir
la aparición del CCR ni de nuevos adenomas (N Engl J Med,
1994; 331 : 141-47). Este trabajo parece entrar en controversia con los
estudios epidemiológicos, posiblemente por que los vegetales y frutas
naturales valoradas en los mismos, contengan, además de las vitaminas,
otros productos (fibra, folatos) con actividad anti-neoplásica y
por que seguimos sin conocer ni la dosis ni el tiempo necesario de su administración
para conseguir el efecto deseado, si bien, por su actividad antioxidante,
los efectos antiproliferativos sobre la mucosa del colón son muy
precoces, al menos en el terreno experimental.
Cada vez
es mayor el interés en conocer el papel potencial del calcio
en la inhibición del CCR. En el campo experimental, el efecto
proliferativo que sobre la mucosa del colón ejercen los ácidos
grasos libres, los suplementos dietéticos de ácido cólico
o el desoxicolato pueden mejorarse o frenarse con el calcio oral. Algunos
estudios epidemiológicos, pero no todos, y de intervención
han demostrado un efecto protector del calcio y la vitamina D, tanto cuando
se incrementa su consumo a través de la dieta o de los aportes externos
(1.250-2.000 mg). El calcio se une en el tracto gastrointestinal superior
a los ácidos grasos y biliares transformandolos en compuestos de
calcio insolubles, además de favorecer su fijación y eliminación
por medio de las sales de fosfato cálcico. También se ha
demostrado su capacidad para reducir la actividad aumentada de la ornitina
decarboxilasa en pacientes de alto riesgo con poliposis familiar o su efecto
protector en pacientes predispuestos al CCR con mutaciones en el oncogén
K-ras.
Por último,
el selenio es un elemento traza con
actividad citotóxica frente a células en rápido crecimiento,
es esencial para la actividad enzimática celular y también
se comporta como antioxidante, pero su papel exacto como agente antineoplásico
no se conoce con exactitud. Diversos estudios epidemiológicos han
encontrado un incremento en la incidencia de CCR (y de esófago,
pulmón, mama, ovario, útero, páncreas, vesícula)
y su mortalidad en áreas geográficas con baja concentración
de selenio en el suelo y vegetales cosechados. Por el contrario, no se
encontrado relación entre los niveles de selenio en sangre y su
consumo con el CCR.
CONCLUSION.
Existen
evidencias epidemiológicas suficientes como para afirmar que la
dieta tiene un importante papel en el desarrollo y prevención del
cáncer gástrico o colorrectal. Además, se han podido
identificar patrones o conductas de tipo alimentario que explicarían
buena parte de la variabilidad interregional que existe en la incidencia
y mortalidad del cáncer y que facilitarían recomendaciones
de salud pública, cuya eficacia deberá ser evaluada en el
futuro.
Sin embargo,
los intentos para identificar los elementos de la dieta relacionados con
la enfermedad y los estudios de intervención realizados con dichos
elementos han sido escasamente fructíferos. Esto no es de extrañar
por dos motivos : 1) lo difícil y complejo que resulta medir la
composición exacta de dichos elementos, ya que en un mismo alimento
pueden sumarse productos con efectos contrapuestos; 2) la dieta es un factor
ambiental más que hay que valorar en el entorno del paciente y en
el contexto de una susceptibilidad genética, lo requeriría
una estimación más particularizada de su impacto sobre el
cáncer del aparato digestivo.
Autor: Dr. Jesús Castiella Herrero. Servicio de Medicina Interna
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