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150 millones de años en el útero materno de los sedimentos
terrestres. No conocí vientre tan acogedor en vida, pues mi encierro fue un
huevo –no muy grande, por cierto- hasta el momento de mi primera eclosión. Un
buen día, como ningún ser vivo conocido por la ciencia es eterno, vine a dar
con mis huesos en el borde de un río, una de cuyas avenidas me cubrió por
completo –lo cual no es poco mérito dado mi tamaño-, junto a algún que otro
compañero de fatigas y algunos depredadores con los que no me agradó juntarme
ni siquiera después de muerto; a pesar de ser tan pequeñajos siempre te pueden
dar un disgusto.
No estoy muy
seguro, que me han ido fallado los sentidos desde hace ya bastante tiempo, pero
creo que una corriente de agua traicionera se llevó alguno de mis huesos... de
hecho ahora mismo no sé dónde tengo la cola. La suerte es que estuve aislado de
las inclemencias que eventualmente bajan desde lo alto de la sierra cuando está
nevada; eso ahora, pues cuando quedé enterrado hacía un tiempo sensiblemente más
plácido: los rigores de las estaciones
no se notaban tanto como últimamente y hacía más calorcillo... ni siquiera
había hielo en los casquetes polares. Por suerte, pronto cubrieron mi lecho
otras capas de arenas y arcillas y, a unos cuantos metros de profundidad, todo se
vuelve más uniforme. Por eso no quedé destruido por completo, como le pasó al
de los pinchos y las placas. Si no se hubiera dejado cazar lejos de los fangos habría
tenido alguna oportunidad de fosilizar pero, el muy soberbio, pensó que lo
tenía todo controlado. El polvo de sus huesos debe de estar cerca de las
Pitiusas desde hace cincuenta millones de años, por lo menos, o se habrá
incorporado a la concha de algún cangrejo ermitaño, que aquí todos acabamos
dando más vueltas que un molinete... Qué cosas digo, si en mis tiempos no había
molinetes; ya me disculparán que se me vaya un poco la bola pero es que tengo
la cabeza destrozada. Sí, créanlo, estar enterrado tiene sus ventajas pero lo
que en principio resulta agradable, que te cubran cálidas capas de terreno, se vuelve
un enorme trastorno con el tiempo. Pesan como si un humano durmiera en una cama
cubierto por setecientas doce mantas, por decir algo. Yo lo más hueco que tenía
era la cabeza y las vértebras. Éstas ya me las aplastaron convenientemente pero,
aunque deformadas, resistieron bastante, que para eso son estructuras preparadas
para soportar potentes esfuerzos. Mi pequeña y hueca cabeza -¿cómo podría ser
grande al extremo de tan largo cuello? ¡ni una grúa podría entonces moverla!
la reventó la presión de los terrenos a los pocos millones de años de
acomodarme en este lecho. Desde entonces no rijo bien del todo y lo peor es que
no hay quien recupere los dientes, todos desparramados por ahí...
 Fig. 01: Los terrenos de Riodeva seleccionados para su exploración se formaron durante la época en la que vivieron los dinosaurios y se caracterizan por no haber estado entonces cubiertos por aguas marinas. |
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 Fig. 02: Así se encuentra un dinosaurio: mirando piedra por piedra en los lugares geológicamente favorables. |
Pero el
susto de verdad me lo llevé cuando se elevó la sierra en la que ahora esquían.
Pilló desprevenidos a todos esos pringados caparazones marinos; ahora están
allí arriba, pelándose a los cuatro vientos. A mi me dejó a medio camino pero
ya empecé a quedarme bastante preocupado. Salir hacia arriba es el inicio del
fin, es como el que vive en el último piso: si hay goteras, le llegan el
primero, si cruje el sol de agosto, achicharra con diferencia sus tejados. Por
no hablar de los barrancos, que sajan a cuchillo las capas de roca. Como te
pille uno ya te puedes dar por desarticulado... En esas estaba cuando llegó mi
hora. No fueron los agentes meteóricos quienes me empezaron a incomodar, sino
un paisano que me rascaba, año tras año, con la reja de un arado. Mira que me
escondía bajo unas areniscas pero él, dale que dale, me dejaba al descubierto y
pinchazo va, pinchazo viene. Pronto me di cuenta hasta donde iba a llegar y me
tranquilizó ver que mi mayor parte estaba cubierta por la ladera del cerro, así
que no estaba todo perdido; ahora bien, la pata trasera izquierda ya no me la
arregla ni Miguel Angel Buonarrotti. Menos mal que se acabó aburriendo de las
cuatro espigas que me hacían cosquillas cuando crecían y tuve una temporadilla
de descanso. En aquellos tiempos empezó un buen barullo cerca, al otro lado de
la carretera. Yo creí que era el fin, pues removían las montañas sin cesar y
supuse que estarían acaparando los restos de otros compañeros y pronto vendrían
a por los míos. Pero por más toneladas que estuvieron sacando, no echaba en
falta a ningún colega, así que ya me di cuenta de que no venían a por nosotros,
sino a por las tierras que nos arropan y no acierto a comprender el motivo de
su traslado.
La verdad
es que, con media pata hecha añicos por un sembrado (ahora que pienso ¿me
habrán triturado también la cola?) y el resto a un tris de aflorar, ya no me
quedaba mucha vida útil, pues la erosión puede con la más soberbia roca. Por
eso llegué a desear que me descubrieran pero nunca había venido nadie por aquí
tras nuestros rastros. No como río arriba, que a unos primos míos ya los
rescató mucho tiempo ha una familia y los tuvo en un zaguán hasta que acabaron
admirados en unas vitrinas y retratados en varios cuadernos. También sé que río
abajo están encontrando a otros parientes, y tengo familiares en Portugal que
algo me tocan, pero no estoy muy seguro, que yo no recuerdo haber tenido
trato con ellos. Con los ingleses y
franceses, menos aún, aunque sé que algunos de la manada se fueron por aquellas
tierras y ya nunca volvieron.
 Fig. 03: El ribazo donde reposaba el dinosaurio gigante de Riodeva, tal y como se encontraba antes de comenzar los trabajos paleontológicos. |
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 Fig. 04: La primera uña de Turiasaurus que se encontró. Reproducción mostrada durante la celebración de Geolodía 06 (foto: F. Montero). |
No es que
sea vanidoso pero, por mis propias características, siempre pensé que si no me
desintegraba antes de tiempo me descubriría un americano. A los más populares
de nuestro tipo siempre los ha descubierto un americano, no importa en qué
parte del planeta estés esperando el momento. Bueno, al que te descubre para la
ciencia, quiero decir, pues a mí, muy a mi pesar, ya me descubrió el del arado
(aunque no se debió de dar cuenta porque no se lo dijo a nadie). La verdad es
que ya tenía una uña fuera, la un dedo gordo de la pata de atrás, así que o me
descubrían pronto o me iba a ir desvaneciendo como la niebla mañanera camino
del mediodía. Así sucedió durante decenas de millones de años en los que a
nadie le pareció singular nuestra configuración, mientras nos fuimos
incorporando de nuevo al ciclo de la materia, en polvo convertidos, hasta que -ayer
mismo se diría-, algunos humanos encontraron regocijo jugueteando con nuestros
vestigios. En esta zona de la actual península hemos sido pioneros en deleitar
a los primeros exploradores, y hace
bien poco instalaron una buena base río arriba, que lleva nuestro nombre, muy cerca
de aquí. Pero no eran americanos, así que supuse que nunca me descubrirían.
 Fig. 05: El yacimiento, con algunos huesos visibles todavía, explicado a participantes en una Sesión Científica de la Sociedad Geológica de España. |
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 Fig. 06: Recuperar fósiles de dinosaurio es una tarea tan apasionante como lenta y laboriosa. |
 Fig. 08: Un ejemplar único en el planeta: la pata delantera de un dinosaurio gigante.
Me
equivocaba; en mayo de lo que cuentan como 2003 tropezaron con los despojos de
mi pata y recuperaron con mimo mi uña. Muy zoquetes tendrían que ser para no
darse cuenta de que era grande como un balón de rugby –y no hay muchos que
gasten uñas como las mías, con las que fui dejando huellas a diestro y
siniestro, tan desmesuradas como efímeras-. Si no eran capaces de dedicarme
atención, no merecerían el privilegio de fosilizar. Pero lo hicieron, así que
les deseo lo mejor, que fosilicen. Pero aún es pronto para ello, dado que aún
no me han recuperado completo, por más empeño que ponen. Mejor de lo que
esperaba recuperaron mi pata delantera izquierda, mi pie trasero, el crocanti
de mi cabeza y unos cuantos piños, varias vértebras del cuello, una dorsal,
unas pocas costillas, el sacro y un trocito minúsculo de cola... Yo aún sé lo
que les falta pero ellos todavía no. Eso sí, con lo que tienen andan locos de
contentos y han estado casi cuatro años manoseándome hasta que han decidido qué
es lo que soy y cómo debo llamarme. Durante todo ese tiempo me llamaban “El Gigante Europeo” o “Pequeñín” porque sólo
reconocían que era un dinosaurio de cuello y cola largos (saurópodos nos
llaman) y que era muy grande ¡vaya descubrimiento! Ni siquiera tenían claro
cuál era mi antigüedad. Después de casi dos mil millones de meses preñando la
tierra ahora nacía para la ciencia y un prudencial tiempo después, en diciembre
de 2006 me inscribieron en el registro civil paleontológico. ¡Había que verlos,
eligiendo mi nombre! Yo temblaba, deseando que no se apuntaran a la moda tan en
boga de poner ridículos nombres de actualidad. Pesadillas me asaltaban de
recibir un nombre del “Señor de los Anillos” o cualquier otra futilidad
semejante ¡150 millones de años de aguante banalizados en tan trascendente
momento! Me ha caído un nombre relacionado con la zona, el binomio linneano Turiasaurus riodevensis. Me consta que
han reprochado a mis padres adoptivos ponerme un nombre tan simple –hablando de
dinosaurios, claro-, como también tengo conocimiento de que los han felicitado
justamente por lo mismo. A mí, que a punto estuve de conocer Pangea, el
supercontinente que agrupaba a todos los continentes actuales, en el que no había
barreras para pasar de uno a otro, lo que de verdad me había gustado, más que
el nombre, era ser conocido en todo el mundo. Y por eso quería que me
descubriera un americano, porque de lo que ellos hacen se enteran hasta en el
fondo de la Fosa de las Marianas. Pero mira por donde, Eurasia debe haber
cambiado últimamente pues resulta que todo el mundo me ha conocido habiendo
sido descubierto por gente de la zona. Claro que los muy pillos me han
presentado en una revista norteamericana y así me he hecho más famoso que mis
primos los publicados en revistas ibéricas. Ya me ven, a mi edad y teniendo que
aprender inglés para saber lo que dicen de mí. Por cierto, tanto que me
estudian y tan listos como puedan parecen, ni siquiera saben si soy macho o
hembra. ¡Nos quedan a todos tantas cosas por aprender! Pero una cosa es segura,
estando a punto de ser destruido por las inexorables leyes de la dinámica
terrestre, por exótico que pueda parecer, me ha tocado renacer en un momento en
el que mis huesos han hecho feliz a mucha gente: a los chalados que me
buscaban... y me hallaron, a los que, apoyándoles, han visto recompensado su
esfuerzo, a los nativos de sitio tan ignoto, población y provincia, que en
todos los idiomas se ha escrito gracias a mi aparición y a todos los que
estudiándome, viendo mis restos o imaginando como fui, olvidan por algunos
momentos que en polvo se convertirán –a no ser que fosilicen- y disfrutan conociendo
cómo fue la vida en el pasado. Pues quien aprecia lo pretérito estará, si no necesariamente
más preparado para el futuro (que un meteorito no hay quien lo pare y, si lo
dudan, pregunten a mis descendientes), sí más reconciliado con su presente. Por
cierto, a pesar de que me cuidan como a un rey, ya he iniciado el último tramo
de mi existencia, exhumado del lecho que me conservó. Disfruten conmigo mientras
puedan o mientras dure y, si bien he tenido que esperar 150 millones de años en
ser expuesto, no esperen ni un día más en venir a conocerme. Estaré observándoles
desde el otro lado, complacido al recordar que, cuando me desperté, ustedes ya
estaban aquí.
 Fig. 07: Las excavaciones continúan y el yacimiento aún guarda claves que, con mucho trabajo y algo de suerte, podrán desvelarse a lo largo de los próximos años. |
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 Fig. 09: Recreación virtual del dinosaurio de Riodeva (Turiasaurus riodevensis) (Carmelo López). |

Autor: Luis Alcalá Martínez. Director Gerente de
la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel
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