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  Boletín Oncológico del área sanitaria de Teruel

sábado, 19 de mayo de 2012
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El Boletín Oncológico es una publicación periódica que se edita en el Hospital General de Teruel en colaboración con la Asociación Española Contra el Cáncer.  Está especialmente dirigida al personal sanitario y su objetivo es la formación en temas oncológicos e informar sobre la situación del cáncer en el Sector de Teruel (ISSN 1579-6094, título abreviado: Bol oncol).
MI EXPERIENCIA CON EL CÁNCER PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Teresa Royo Espada   

        Mi historia es una más dentro de las muchas mujeres que han sufrido un cáncer de mama.

        Tengo 49 años y nunca pensé que eso me podría ocurrir a mí. Era algo que les pasaba a otras personas, pero a mí, ¿porqué?. Llevaba una vida bastante organizada, más o menos sana. He sido vegetariana durante varios años. Estaba superando una difícil época, pues mi segunda hija se acababa de ir a estudiar a 400 kms de Teruel, la mayor hacía cuatro años que ya lo había hecho, por lo que me encontraba sola. Me estaba recuperando de úlceras corneales... y de pronto ocurrió.

        Todo empezó en febrero del año 99. Yo tenía la costumbre palparme los senos periódicamente, porque lo había oído en diferentes medios (ginecólogo, matrona, medios de comunicación, etc.), que era conveniente realizar estos ejercicios para poder detectar a tiempo algún posible bulto, pero lo hacía como una rutina y sin prestar más atención.

        Ese día 1 de febrero, después de ducharme y secarme, me hice el control y noté algo duro en el pecho derecho. No me asusté, pero pensé que estando próxima la fecha de la revisión ginecológica anual que solía realizarme, pero: ¿debía acudir al médico inmediatamente o no?. Decidí que sí, pero repito que sin darle urgencia.

        Al día siguiente se lo comenté al doctor de Medicina General y él mismo me pidió hora para el Ginecólogo, que me vio a los ocho días. Este me mandó hacer una mamografía. El hecho de que la persona que me hacía la mamografía me enviase a realizar una ecografía y una punción, todo en la misma mañana, me empezó a preocupar.

        Debo de decir que, a pesar de esta situación, me considero una persona afortunada, ya que tanto por parte física (médicos), como por la psicológica (familia y amigos), he recibido el mejor trato y apoyo.

        Por parte de los facultativos que me atendieron (cirujanos, ginecólogos, etc), les agradezco el que, a petición mía, me contaran siempre la verdad de cómo estaba la situación, qué iban a hacer y por qué. Cumpliendo mis deseos con suma delicadeza y un tacto exquisitos. Cuando llegaron los resultados de las pruebas y el especialista me dijo que era un tumor maligno, mi pregunta fue el típico: ¿porqué a mí?. Cuando me serené un poco la siguiente fue: ¿y porqué no?. Si les pasa a tantas mujeres, ¿porqué no me iba a pasar a mí?. El médico me comentó que lo aconsejable era operar, porque había que extirparlo. En otra visita posterior me comunicó que habría que quitar todo el pecho. Días antes de la operación me apuntó que como prevención me darían alguna sesión de quimioterapia y, ya después de la intervención, que se me caería el pelo. No pudo ser más delicado el modo de informarme, poquito a poquito. En aquel momento me dio mucha rabia y pensé que porqué no me daba todas las noticias de golpe y así pasaba de una vez el mal trago, pero después caí en la cuenta de que había estado acertado, porque entre una noticia y la siguiente me había dado tiempo de asimilarlo y que todo de una vez hubiera sido excesivo.

        En cuanto a mi estado de ánimo, en aquellos días recibí todo el cariño y apoyo de mi familia, que aunque es muy corta, supieron darme lo que yo necesitaba. Mi familia y amigos tuvieron la habilidad de hacerme sentir todo su amor, con todo el respeto y libertad, pero sin agobios. No me forzaban a nada. Yo sabía que contaba con ellos y los sentía en cada momento.

        Después de la operación no tuve ningún dolor físico, supongo que porque me pondrían calmantes. Mi ánimo era bueno, aunque estaba muy “blandita” y lloraba por todo, bueno o malo, que me pasara.

        Se me hizo en la cicatriz un gran hematoma, que me pincharon dos veces para ver si lo podían reducir. No fue posible y hubo que esperar a que se reabsorbiera por sí mismo, lo que tardó más de un mes. Durante ese tiempo no me podía rozar ni el brazo, porque me molestaba mucho y tenía que tenerlo siempre apoyado en un cojín, incluso cuando dormía.

        Doce días después de la operación salí del hospital con el drenaje puesto y tenía que acudir a curarme todos los días y controlar la sangre que salía, que era bastante. Me habían dicho que en la operación había perdido mucha. Me sentía muy débil, quizá por la sangre perdida o por haber recibido la primera sesión de quimio.

        Durante esas sesiones yo estaba bastante inquieta. Sabía que era “veneno” lo que entraba en mi cuerpo. Que, desde luego, lo necesitaba, que me destruía lo malo, pero también algo bueno. Cuando tenía la aguja clavada sentía un picor muy raro (no sé si sería sugestión), en especial en la boca (sabor metálico), en los genitales, en la nariz, en el estómago... A todo esto había que añadir náuseas, estreñimiento, pero, sobretodo, un cansancio enorme, hasta el punto de que a partir de la sesión me costaba un esfuerzo titánico poder respirar. Muchas veces no me terminaba la comida, no porque no tuviera apetito, que no lo tenía, sino por el trabajo de tener que masticar. La mandíbula se me cansaba tanto... A esto debemos añadir el miedo o el pánico que sentía, pues a los pocos días debía repetirse otra sesión. Me sentía impotente, necesitaba ayuda para todo y creía que nunca tendría la fuerza suficiente para llevar una vida medianamente normalizada.

        Entre la primera y segunda sesión se me cayó tanto el pelo que mis hijas me aconsejaron rasurármelo. Me entristecía mucho el quedarme con los mechones en la mano. Así lo hice y me compraron una peluca que imitaba bastante bien el corte que llevaba habitualmente. Creo que hicimos bien, porque así yo estaba como más “normal”. Pero, entre los sofocos, que ya había empezado a sentir, y el calor de la peluca, el verano lo pasé bastante mal. Por casa llevaba un pañuelo en lugar de la peluca y me resultaba más llevadero. Al principio intentaba disimular la falta de cabello, pero, aconsejada por mi médico una vez más, empecé a hablar más de ello: del pelo, del tumor, de toda la enfermedad, como si hablara de un catarro muy fuerte. Sin publicarlo, pero sin ocultarlo.

        En todo el proceso tuve momentos duros, pero en especial para mí hubieron dos muy dolorosos: uno, estando sola en el cuarto de baño, me vi por primera vez la cicatriz, sentí un desgarro, me vi mutilada y ¡sin un pecho!, con las connotaciones femeninas que supone. Me faltaba algo muy importante. Pensaba que cómo iba a salir a la calle con esa carencia, que todo el mundo se iba a dar cuenta. Ahí, y una vez más, tuve el apoyo de mi familia. Ellos fueron los que compraron mi primer sujetador que disimulara la carencia de pecho. El otro momento fue cuando me vi con la cabeza sin pelo. Es muy, muy doloroso, porque la cicatriz casi todo el tiempo la llevamos tapada y no se ve. Sabes que está ahí, pero un espejo, en un reflejo...y es la evidencia física de la enfermedad que tienes.

        Al terminar las sesiones, me sentí liberada, pensaba que había pasado una etapa durísima y también que, si la tuviese que repetir, no podría aguantarlo. Ahora me doy cuenta de que, con la experiencia que tengo, no lo pasaría tan mal. Sé que para el insomnio me puedo relajar, para prevenir el estreñimiento están las verduras y frutas, que tan bien me fueron y para los altibajos anímicos debemos contar con la confianza de que es algo temporal y que pasará.

        Hoy estoy en un período de crecimiento personal. A la ayuda que he comentado antes, tengo que añadir la que me proporciona la Asociación Contra el Cáncer, a la que acudí aconsejada una vez más por mi médico. Me han hecho sentirme comprendida, querida y respetada, además de proporcionarme también apoyo profesional. He conocido a mujeres que también lo han pasado y que su experiencia es más o menos como la mía.

        Ojalá que nunca me hubiera ocurrido, pero ocurrió y la lectura que hago quiero que sea positiva. Ha pasado, ¿verdad?, pero ¡hay que seguir adelante!. Me doy cuenta de la familia tan extraordinaria que tengo, que han sabido demostrarme todo su AMOR, unas veces por ser tolerantes y otras para darme coraje. Mis amigos, que han estado pendientes de mi en todo momento, digo AMIGOS, porque una cosa son los conocidos (la mayoría), pero otra son esos a los que puedes contarles tus sentimientos más íntimos sabiendo que te respetan y no te juzgan. Gracias a todos ellos yo creo que puedo ser un ejemplo de que, después de una enfermedad tan terrible, puede haber una vida rica y plena a pesar de que tengas unas limitaciones. Y que cáncer no es sinónimo de muerte, como todavía creen algunos y, aunque sé que un día tiene que llegar, por mi parte pongo todo lo que puedo (revisiones, medicación, etc). Sin sentir temor por ese día final, puedo hablar de ello con toda tranquilidad, pensando que la capacidad que tengo ahora de aceptar lo que la vida me vaya ofreciendo – de bueno y de malo- de disfrutarlo y valorarlo, es el resultado de todos esos terribles meses.



Autora:  Teresa Royo Espada.  Voluntaria de la A.E.C.C.  Teruel, 31 de octubre de 2.000



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